Irene R. Tremblay representa un caso
atípico en la música de nuestro país.
Primero, porque salvo contadas excepciones (como en el último FIB) hasta
ahora su acercamiento al público ha sido tan descarnado como valiente:
sola, con su voz y su guitarra, apenas algunos apuntes de teclado o batería
atmosférica en ciertas canciones.
Segundo, porque la tradición que esgrime (la música norteamericana
de raíces -de Joni Mitchell a Cat Power-, el slowcore, el folk urbano
de Will Oldham o Mazzy Star...) no suena falsa en su garganta: cantando en inglés,
su lengua materna, emociona y pincha; el español lo reserva para momentos
más dulces e inocentes.
Tercero, porque con solo 22 años sus textos describen con maestría
recuerdos borrosos de infancia y en ellos realiza una disección casi
dolorosa de las relaciones sentimentales.
Su debut, el EP de seis canciones Cuando Termines Con Todo, Habrá Terminado Contigo, dejó a público y prensa con la boca abierta y la mirada puesta en el futuro. Grabado con la ayuda de Abel y Coque de Migala, terminó el año siendo elegido mejor EP nacional de 2001 según Rockdelux. En el 2002 (al margen de colaborar en El Naval de Mus) Irene editó tres canciones en el split Seis canciones desde el norte con el que Acuarela y Limbo Starr apoyaron la gira conjunta de Aroah y Nacho Vegas. Además fue invitada a tocar en Ámsterdam (donde grabó una sesión para la prestigiosa emisora VPRO), Limoges y París, y participó en una gira de 9 fechas por la Costa Oeste USA, acompañando a luminarias del folk como Greg Weeks.
Pero lo más relevante, además de tocar en Benicàssim o el Tanned Tin, fue quizá la edición de su primer álbum, No podemos ser amigos, el pasado mes de septiembre. De 14 canciones (10 en inglés, 3 en castellano y 1 instrumental), en él contó con la colaboración de Frank Rudow (Viva las Vegas, Manta Ray) y la voz, en sendos duetos, de Nacho Vegas (en Canción con idioma) y Abel Hernández (en Whiskey). Es un álbum directo, variado, con aristas, que engancha desde la primera escucha y sin embargo, sigue ganando cada vez que nos metemos en su particular universo. Más que a otros referentes quizás obvios, y no ya desde un punto de vista estético sino más bien ético, Irene parece a ratos Tara Jane ONeil, pues digiere a la perfección, como la ex Rodan y miembro de Sonora Pine o Retsin, los clásicos del folk y country, y los sintetiza a través de un prisma más oscuro y disonante.
Sus letras, a veces ambiguas, tratan sobre el amor, la venganza, los recuerdos infantiles, los remordimientos, las relaciones moribundas y un puñado de niñas buenas y mujeres malas. Pero el motivo principal de No podemos ser amigos bien podría ser la búsqueda de la redención a través del sexo, el alcohol y las endorfinas que produce nuestro cerebro desde el primer abrazo enamorado hasta el primer beso de traición.
No podemos ser amigos ha sido considerado, en los correspondientes resúmenes de lo mejor del año uno de los discos más destacados del 2003 por revistas como Rock de Lux, Mondo Sonoro y Go!
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