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Padre no me deje cantar para ellos

En la sociedad anestesiada en la que vivimos, el más mínimo contacto con la realidad no filtrada por la propaganda, nos duele. Ante este orden de cosas –que se da en todos los ámbitos de nuestra vida-, muchos artistas optan por poner preservativo estético a sus creaciones. Muchos grupos solo buscan (o solo encuentran) en su colección de discos las razones para hacer una nueva canción. Canciones que, evidentemente, nacen muertas por falta de oxigenación. Y, de esta manera, degradan el concepto de arte hasta convertirlo en el más vacío (y burgués) de estética. Una especie de arte aplicado, de diseño musical, con todo lo que esto conlleva de emociones de segunda mano y dejá vu constante.

Como respuesta refleja (y reflexiva) a ese panorama aparece “Divina lluz”, un nuevo trabajo discográfico de Mónica Vacas y Fran Gayo, Mus. Un disco que hunde profundamente sus raíces en la realidad en la que viven sus responsables, reivindicando de manera explícita su identidad como música de no ficción. Música documental. Y por tanto, no podría ser de otra manera siendo asturianos, música crepuscular. Utilizan la tradición musical del país para firmar su emocional despedida de la minería del carbón a través del recuerdo de un accidente minero (“Déxame pasar”) y vuelven a ella para recuperar el sentimiento íntimo de la mujer en la tierra (“Sola”). El resto de los textos, de una excepcional calidad literaria, siguen por los mismos caminos marcados por esa tradición a la que reivindican abiertamente pertenecer. A muchos chocará que ahora se escriban canciones sobre la nueva emigración (“A la fonte cada mañana”), la desaparición de los barrios obreros (“La esplanada”), el descubrimiento de la muerte a los ojos de un niño (“Escuela cruda”) o el amargo sabor de la doble derrota, al tener que regresar a una tierra de la que marchaste (“La vuelta”). Un acercamiento íntimo a la realidad social, porque estas canciones están lejos de querer aleccionar, aunque no tienen descargada su capacidad de acción política. Con su cuidadosa fijación en la realidad consiguen trascenderla y, alejándose de la demagogia social, vuelven a firmar un ejercicio sin tacha de revelarnos los hilos invisibles del tiempo en el cual se organizan nuestras vidas. Una vez más, un aire de espiritualidad natural, nada forzada, envuelve los sonidos de las canciones. Su apuesta por la contención, por los sonidos justos, por componer con los mínimos elementos, pero sin que se eche en falte ninguno necesario, dibuja la cartografía exacta de sus (nuestras) almas.

Musicalmente evolucionan hacia nuevos caminos, abriendo nuevos espacios y renunciando, como en cualquier acto de afirmación íntima, a ser reducidos a una colección de nombres de referencia. No, ese no es el juego en esta partida.

Lo que sí se pude decir, con respecto a lo estrictamente musical, es que para este disco optaron por una caligrafía clara. Si “El naval” era un papel escrito a mano rápidamente, aquí se esfuerzan para que se entienda la escritura. Esa ya no puede ser la excusa. Ya no. Por eso también, la voz de Mónica ocupa el primer término de la mayoría de las canciones y, sin perder nada de su natural y desnudo poder de comunicación, incluso sin renunciar al susurro, se atreve a cantar, multiplicando al infinito el impacto emocional de cada una de las palabras y los sonidos.
Hay gente que no quería enterarse de la posición de Mus en el mundo. Con ciertos temas preferían mirar para otro sitio, confundiéndose y confundiendo. Pero Mus no acepta el halago fácil y desinformado. Sus discos no buscan el aplauso, son ejercicios de honestidad emocional y expresión política. Por eso en este disco tomaron la decisión de explicitar las cosas. Ante versos profundamente cortantes como: “padre nun me dexe cantar pa ellos” (“Pela xenra blanca”) ya nadie podrá mirar para otro lado. Tampoco se podrá obviar que el disco lo cierra el catedrático de filosofía y pensador libertario, José Luis García Rúa, recitando “Adiós”, un poema dedicado a las imágenes que quedaron tatuadas en sus ojos en su forzada marcha de Asturies.
“Divina lluz” no da lugar a la escucha despistada, tampoco el pensamiento débil encuentra sitio entre sus surcos. Aunque hayamos perdido la costumbre, “Divina lluz” nos obliga a posicionarnos.

Ramón Lluís Bande